domingo, 16 de octubre de 2011

Franxesca Perez se expresa


"Todo empezó cuando el pasado año encontré poesía erótica por internet. Una vez comencé a leer poemas, no pude parar. Además, mientras leía los versos podía contemplar en mi imagenio personal las imágenes que, más tarde, me puse a ilustrar"
 "Yo nunca he cumplido con el prototipo de chica que la sociedad masa tiene definido. Pero, no por eso, he dejado de ser sensual o de transmitir erotismo. De hecho, tengo un buen concepto de mi misma. Aún así, mis ilustraciones eróticas me han ayudado a entender esto mismo"
 "Si tengo que citar artistas puedo hablar de clásico como Botero o Magritte, pasando por los desnudos de la pintura renacentista."
"No tengo secretos para dibujar. Aunque, sí es cierto que geometrizo mucho las figuras. Normalmente, siempre coloreo con rotulador y sombreo con color y me encanta buscar referencias sobre el movimiento humano. Aunque para este trabajo en concreto, la linea simple era suficiente para mostrar el significado que quería presentar" 














domingo, 9 de octubre de 2011

jueves, 6 de octubre de 2011

El inesperado final de "Crónica de una condición"


Un inesperado final. Por Gregorio Sacher


Cárol se acerca y nos sonríe a todos. Solicito su mano, la beso y con delicadeza la atraigo hacia mí. El resto del grupo se une a Saúl. 
Mi intención se sustrae en desmenuzar junto a ella la clave definitiva que había significado el final del juego, e intentar sonsacar que se guarda para el verdadero final. ¿Es realmente el final? ¿Qué le espera al esclavo? ¿Acaso le aguarda aún el verdadero final? Sólo uno de sus gestos había roto la manipulación de Saúl:  “Sabía que hasta ese momento el castigo y la humillación eran para él un premio”, me confirma ella, “así que le he castigado sin su premio”. En efecto, Saúl la estaba provocando según su instinto, y de ambos era el único que estaba disfrutando de su condición, una conducta muy usual en los personas de rol sumiso y no siempre conscientes de esta manipulación, al mejor estilo filosófico con su dialéctica hegeliana del amo y el esclavo. 
Le pregunto a Cárol por qué ha elegido este ritmo para la sesión. Por qué, si había advertido de entrada la provocación del hombre, le había permitido llegar tan lejos. A ella le gusta llevar al máximo la tensión, pero cree que esta vez se le estaba yendo de las manos: “Me estaba provocando tanto, que llegué a sentir una excitación que me incomodó. Era como si desde su posición, en vez de hacerme sentir su entrega, él fuese como un fuego que me devoraba físicamente hasta hacerme derretir. Ensanchaba su espalda y sus hombros, alineaba la musculatura de sus brazos, y por si fuera poco, me enseñaba su culo y movía sus caderas. Era como si me quisiese decir: así te puedo follar”. Así que el ama sintió que no lo tenía todo controlado. Hasta que Carol advirtió esta manipulación y le negó su castigo, su premio, su placer, propinándole un castigo, por la negación y la inacción, que el hombre no esperaba y que a su vez lo descolocó, y se excitó aun mas por eso, porque leyó el significado de esa nueva humillación, de allí su suplica casi redentora.Yo estuve convencido todo el tiempo de que ella dominaba la situación, de que incluso los momentos de más descarada rebeldía del hombre se debían a que ella había aflojado la cuerda, pero lo cierto es que ella había llevado a tal punto el erotismo del hombre que a poco estuvo de sucumbir ella misma a ese incendio. “Aún me queda una duda”, le digo finalmente. “¿Por qué te detuviste? ¿No se trata en última instancia, de sentir un placer abrasador? ¿Cuál es tu plan?”. “No, se trata de algo mucho más excitante que he ideado, de follarme esta noche a cualquiera que se me antoje y obligarlo a él a masturbarse mientras nos observa; porque me excita mucho Saúl y sé que me quiere follar, pero el día que lo haga perderá todo interés en mí. Eso sí, el día que yo me canse de él como esclavo, será el día en que le permita follarme. ¿Sabes una cosa?”, dijo por fin, mirándome de una manera más que extraña, “ya sé quién será el próximo al que deseo someter, y será ese mismo al que me voy a follar”. Veo la curva que indica el camino de vuelta del punto mas extremo de la perversión sexual. Es ésa. Mientras miro a Cárol alejarse con su porte inalcanzable y su impresionante cabellera, me fijo otra vez en Saúl. Él también, como yo hace un momento, no puede despegar sus ojos de la silueta del ama a la que él se siente atado por una correa invisible mientras ella parte hacia su nuevo objetivo. 
En ese instante, algo me empuja a seguirla, voy corriendo hacia ella con el corazón galopando fuerte sobre mi pecho, tomo a Cárol por el brazo y con la voz entrecortada, le digo: “Quiero ser yo el próximo”. Con su mano toma mi mentón y me advierte: “¿Aunque al final no seas tú al que me folle”?. Y sí. “Sólo por el camino, hacia cualquier final”.
 

martes, 4 de octubre de 2011

Crónica de una condición. Por Gregorio Sacher


Gregorio Sacher se introduce en el mundo del Sadomasoquismo sin bordear la parafernalia y manteniéndose en pie para no caer en la apología, según sus propias palabras. Dice también, que para garantizar este equilibrio, lo mejor es introducirse en el corazón de esta alternativa erótica sin intentar definir parafilias y hurgar en pasados supuestamente tempestuosos. Lo mas sensato para transmitir el pulso interno de esta disciplina- afirma- es esquivar los motivos que atraen a los aficionados, pues se corre el riesgo de dejar afuera la descripción de un excitante juego de roles. Según su crónica, es indudable que su profundización supera las fronteras de una mera descripción.


"Doy una pequeña fiesta y me encantaría que vengas”, leo en el sms de Cárol. Esta frase lacónica sólo puede significar una cosa, pensé:
Una orgía sadomasoquista en el horizonte.
Llego hasta el local de siempre, un restaurante ubicado en la zona del Barrio Gótico de Barcelona, propiedad de Cárol. La correspondiente llamada perdida a su móvil, y esperar, como siempre. Para entrar al local, cerrado al público, hay que franquear la entrada principal del edificio. En el vestíbulo, a un paso, otra puerta que veo abrirse ilusionado. Allí está ella, sus curvas cubiertas por un mono de látex. La veo estilizada sobre los pedestales de botas de caña alta y fino tacón. Su cabello rubio, peinado hacia atrás, resalta sus pómulos. Sus ojos azules, enmarcados en unas felinas rasgaduras, lucen cruzados por unas líneas de madurez que la hacen tremendamente atractiva
Sigo su estela por el salón principal del restaurante, esquivando mesas de madera y rodeado todo el tiempo de una decoración renacentista, hasta el ya conocido y húmedo sótano, el lugar donde ciertas noches, no aptas para todos, Cárol hace gala de sus grandes dotes para el sadismo en un entorno de vodevil.
Mientras la pierdo de vista, saludo a los invitados, Gonzalo y Malena, un matrimonio amigo. También están Mónica y su esclavo, arrodillado a su lado y unido a ella por una correa de perro que le cuelga del cuello. Completa el grupo Luz, una chica morena muy joven a la que no conozco de nada
Desde las sombras de velas que danzaban sobre candelabros dorados, reapareció Carol.  Por detrás, arrodillado ante ella, aparece Saúl, contextura atlética, varios años menor que ella, moreno, rasgos indianos, con apenas un tanga como ornamenta. Y con su aparición, el  el complemento de una dialéctica erótica única.
“Quiero que hagas exactamente lo que yo te ordene, ¿entendido, esclavo?”, le increpa Cárol, autoritaria. “Sí, mi ama”, responde el hombreSu postura erguida parece provenir de un sentimiento de rebeldía que se acrecienta por una mirada que destella relámpagos de provocación. Cárol incrusta uno de sus finos tacones en el muslo de Saúl y le obliga a renunciar a aquella mueca de orgullo, hasta dejarle ovillado en el suelo. “Así me gusta, quiero que estés a mis pies”. El hombre vuelve a responder con la única frase que, al parecer, está autorizado a decir: “Sí, mi ama”, y esta vez su tono es más sumiso y un tanto difuso por la cercanía de su boca al mosaico. Cárol presiona con su bota la nuca del esclavo hasta estrellar la cara de la víctima en el suelo. La respiración de Saúl se agita. No hay duda de que vibra de anhelo postrado bajo la bota autoritaria de Cárol y aplastado por el peso de su propio deseo. “Así me gusta, esclavo, que me demuestres devoción. Ahora vas a lamer mis botas”. La lengua de Saúl barniza de saliva esclava el calzado de su dueña. Los que presenciamos la escena (que podríamos definir como una especie de coartada perfecta para el exhibicionismo de ambos, una pareja a la que une apenas este tipo de encuentros), ese espejo real de nuestras fantasías, acompañamos el sentimiento de ama y esclavo, seguros de su placer. Nos lo dice nuestro instinto erótico, el mismo que nos ha conducido hasta este sótano en el que ahora nos reencontramos con lo más primitivo.



Un juego pactado

Mas allá de qué disciplina o qué rol nos identifique, aquello que discurre ante nuestras dilatadas pupilas, esos instantes de profunda tensión erótica son la manifestación real de escenas escondidas en el lupanar de nuestra imaginación. El dominio sobre el otro, hilo conductor que nos distingue entre amos y esclavos y que representan con tanto realismo Cárol y su lacayo erótico, no es simplemente una dialéctica arbitraria. Estamos ante un juego pactado de antemano en el que ninguno es obligado a nada. Cárol conoce perfectamente los límites a los que puede llegar Saúl, la dimensión del rigor al que puede someterle. La dómina vuelve a descargar un rosario de fustazos sobre las nalgas de Saúl, dejando en la atmósfera la estela de la fusta, mientras en la estancia se oyen al mismo tiempo los chasquidos de su herramienta y los quejidos del hombre. Cárol se detiene. Las nalgas candentes del esclavo se balancean desafiantes, ofreciendo su culo en pompa, como cuando a un gato se le acaricia el lomo. Es así como el cuerpo habla y pide seguir siendo castigado. Y cuando todos esperamos verla descargar su amable furia sobre él, ocurre algo inesperado. 

Todo se detiene. La mujer se mantiene en aparente letargo. No mueve ni uno solo de sus dedos. Deja pasar el tiempo. La tensión es asfixiante. El esclavo se impacienta, pero ella permanece impasible. No va a castigarlo esta vez. El “no castigo” se ha convertido en el verdadero castigo. Todos estamos sorprendidos. Todos, menos ella. Cárol es absolutamente consiente de haber dado vuelta a la manipulación del hombre, de haberse acorazado ante su provocación. “¿Quieres que siga azotando tu culo, verdad, esclavo?”. El hombre suplica. Su malestar crece. El tiempo parece discurrir al lento ritmo de su desesperación. En medio de los ruegos del esclavo, ella da su consigna. Y es la prueba del nivel de sofisticación que puede alcanzar el juego cuando dolor y deseo conviven tan íntimamente, cuando la descarga de una fusta sobre un cuerpo entregado se parece más a una caricia que a una agresión, a un premio que a una ofensa. “Bien –continúa ella–, si en el resto de la noche me sirves como es debido, te daré tu premio, ahora levántate, ya no te quiero más a mis pies”. Y deja la sesión vista para sentencia. Bajo esa directriz de final de juego momentáneo, incierto, de pronto creo ver la esencia del verdadero sentimiento
sadomasoquista: Saúl, desde el inicio, pensó que conducía la situación y que tenía ganada su batalla de placer, pues lo que estaba ocurriendo en esa sala le satisfacía. Disfrutaba de su condición hasta que se produjo el giro: no hay castigo mas humillante para él que privarle del gusto de ser ultrajado. Se trata del castigo y de la humillación definitiva. Es ésta, no otra, la verdad alrededor de la cual gira esta relación erótica. El resto es una suma de parafernalias, gustos y tendencias, donde se puede incluir o no el sexo. Para algunos, el sadomasoquismo forma parte de los juegos previos a la copulación. Para otros, es una compleja interacción mental que no acaba...


                                        Continuará.




 
   




viernes, 30 de septiembre de 2011

GGD o los mellizos Diever. Por Charlotte Sometimes



Con Gerard, un amante ocasional con quien nos buscamos de tanto en tanto pero siempre a por mas cada vez, habíamos incursionado en alguna que otra doctrina mas harcode, y arnes de por medio, fui ama. No solo potenciábamos su lado femenino y mi masculinidad quedaba a flor de piel: el éxtasis se traducía en la expresión de sus ojos y una de mis fantasías mas rabiosas se hacia realidad. Nunca le di el crédito suficiente, no por desmerecerlo, en absoluto, pero fue el primero de una cadena de chongo sodomizados y ese puesto se lo ganó realmente. 
En el piso vivía Gabrielle, su melliza, con quien me había cruzado alguna que otra vez en el contexto de mis encuentros furtivos con su hermano y no habíamos pasado de un saludo cordial de rigor. Pálida como él, el pelo revuelto y oscuro, una delicada delgadez. 
Hasta que en una ocasión entró, así sin mas, y nos encontró en pleno juego. La miré y esa pija enorme que me estaba comiendo no fue suficiente, pero de todos modos se la chupe como nunca sin dejar de ver como ella se desnudaba. Perfecta en sus bragas blanca se acercó. Acariciaba mi espalda, creí volverme loca. Él quedo jadeando pero como dueña de la situación aunque rendida ante ella, lo deje sentado en una sillón a que se limitara a mirar.
No me permitió actuar por voluntad propia, no me dejo hacer cosa alguna. Me besó el cuello, me lo mordió. Yo la olía. Me lamía el hombro. Nos abrazamos un poco, muy suaves pero plenamente mojadas. Podía sentir sus finos huesos contra los míos. Nos besamos, ardimos. Apretada muy fuerte mis brazos para impedir que me moviera; estaba desesperada, quería tocarla. 
Ger tenía la mirada enajenada, perdidísimo: mucho whisky barato y merca. Después le pegada que no recordaba cosa, ese tipo de patología. Y ella tan de pasti, de ojera hermosa, byronesca.
Orgasmos, esos en los que te reís. Y a pesar que en esos tiempos venía de enroscarme como loca con Jean, el que me mira fijo y me culea: ese poder; y que también supo arrancarme finales apoteósicos. Pero Gabrielle fue esa noche, única. 
Agotadísima, tras niveles de calentamientos, horas, muchas horas después me fui. 
Cuando cerré la puerta, se besaban.